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viernes, 8 de mayo de 2015

SALVE DE LA SAMARITANA



 
Un viernes que el Redentor
a Samaria caminaba,
fatigado de calor,
por descansar se sentaba
junto al pozo de Jacob.

Muchas personas llegaban
al pozo ya referido,
y a sus albergues llevaban agua,
con que socorridos,
alegres la sed saciaban.

Nuestro amado Redentor
en aquel sitio esperaba
lleno de muy grande amor,
a un alma que caminaba
lejos de su salvación.

A la misma que esperaba
con grande anhelo y cuidado,
la vio que al pozo llegaba
con el cántaro en el lado,
que por agua caminaba.

Luego que llenado había
el cántaro diligente,
a la ciudad se volvía;
y el Señor Omnipotente
de esta suerte le decía:

—Samaritana, te ruego
que el cántaro quieras darme
para beber agua, y luego,
otra mayor e importante
que ésta, yo te daré en premio.

El agua que te prometo
es tan dulce y olorosa
que, bebiéndola, es muy cierto,
jamás quedarás ansiosa
de beber en ningún tiempo.

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La Samaritana estaba
oyendo con atención
cuanto nuestro Dios le hablaba,
y, con tierno corazón,
esta respuesta le daba:

—¿No sabéis la introducida
ley que se observa en mi reino?
Que comida ni bebida,
ni otro algún socorro os demos
bajo pena crecida.

La Majestad Soberana
al punto le respondía:

—No temas, Samaritana,
que el verdadero Mesías
te defiende y acompaña.

Replicó:—Me has prometido
darme esa agua tan preciosa.

Y el Señor le ha respondido:

—Si estás de beber, ansiosa,
ves y llama a tu marido.

Entonces, algo turbada,
conociendo su pecado,
respondió:—No soy casada.

Y el Señor, con grande agrado,
esta respuesta le daba:

—Dime, mujer, ¿es que ignoras
lo que tan público está?

¿Y esos cinco que le adoran,
que están dando en la ciudad
escándalo a toda hora?

Ese cántaro espiado
encubre tu gran maldad;
deja ese camino errado,
y, si te quieres salvar,
llora y gime tu pecado.

A cuyas palabras ciertas
su corazón traspasado
respondió: —Vos sois profeta
que declara mis pecados
y mi interior lo penetra.

Nuestro Redentor amado,
no soy profeta—le dijo—,
que soy de más alto grado:

Soy del Padre Eterno, Hijo,
el Mesías deseado.
Que para el mundo librar
de esclavitud y muerte eterna,
me fue preciso el bajar
de los cielos a la tierra,
y en una cruz expirar.

Estas palabras sagradas
dijo, y desapareció;
y ella, en la tierra postrada,
repetía en alta voz
y en triste llanto anegada:

—¡Oh, Mesías verdadero!
Conozco vuestra grandeza;
llorar mis pecados quiero,
pues los confieso y me pesa:
de Vos el perdón espero.

Luego el cántaro quebró,
y por la ciudad se entraba,
y a muchos los convirtió
con la doctrina que daba,
y santamente acabó.

Después que fue convertida
la gentil Samaritana,
así clamaba al Mesías:

—Señor ¿queréis que me vaya,
o acabe con Vos, mi vida?

Díjole Cristo excelente:

—Antes que a mi patria excelsa,
a Samaria irás, prudente,
a publicar la grandeza
del Señor Omnipotente.

Allí fue el mayor dolor,
cuando ella se despedía
del Supremo Redentor,
y, amargamente, decía:

¡Adiós, mi dulce Creador!
¡Adiós, archivo profundo!
¡Adiós, mi engañoso error!
¡Adiós, galanes del mundo,
que me voy con mi Señor!
¡Adiós, garrucha y pozal!
¡Adiós, carril ponzoñoso,
—decía, con mucho afán—
que me voy al reino hermoso
del Empíreo celestial!...

¡Adiós, Jesús amoroso!
—con lágrimas repetía—.
¡Adiós, adiós, dueño hermoso,
de tu amable compañía
no me fuera, dulce esposo!

Por tu santa despedida
te ruego, Samaritana,
le supliques al Mesías
que corone nuestras almas
en las altas jerarquías.

Amén.






 

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