Un viernes que el Redentor
a Samaria caminaba,
fatigado de calor,
por descansar se sentaba
junto al pozo de Jacob.
Muchas personas llegaban
al pozo ya referido,
y a sus albergues llevaban agua,
con que socorridos,
alegres la sed saciaban.
Nuestro amado Redentor
en aquel sitio esperaba
lleno de muy grande amor,
a un alma que caminaba
lejos de su salvación.
A la misma que esperaba
con grande anhelo y cuidado,
la vio que al pozo llegaba
con el cántaro en el lado,
que por agua caminaba.
Luego que llenado había
el cántaro diligente,
a la ciudad se volvía;
y el Señor Omnipotente
de esta suerte le decía:
—Samaritana, te ruego
que el cántaro quieras darme
para beber agua, y luego,
otra mayor e importante
que ésta, yo te daré en premio.
El agua que te prometo
es tan dulce y olorosa
que, bebiéndola, es muy cierto,
jamás quedarás ansiosa
de beber en ningún tiempo.
Continuar leyendo...
a Samaria caminaba,
fatigado de calor,
por descansar se sentaba
junto al pozo de Jacob.
Muchas personas llegaban
al pozo ya referido,
y a sus albergues llevaban agua,
con que socorridos,
alegres la sed saciaban.
Nuestro amado Redentor
en aquel sitio esperaba
lleno de muy grande amor,
a un alma que caminaba
lejos de su salvación.
A la misma que esperaba
con grande anhelo y cuidado,
la vio que al pozo llegaba
con el cántaro en el lado,
que por agua caminaba.
Luego que llenado había
el cántaro diligente,
a la ciudad se volvía;
y el Señor Omnipotente
de esta suerte le decía:
—Samaritana, te ruego
que el cántaro quieras darme
para beber agua, y luego,
otra mayor e importante
que ésta, yo te daré en premio.
El agua que te prometo
es tan dulce y olorosa
que, bebiéndola, es muy cierto,
jamás quedarás ansiosa
de beber en ningún tiempo.
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