Señor mi lira cuelgo
que del dolor insano,
convulsa está mi mano,
y yerto el corazón;
mi labio balbuciente
ya pálido y marchito,
se presta sólo al grito,
que arranca la aflicción.
Del tétrico instrumento
las cuerdas están rotas,
y las brillantes notas
de regalado son,
huyeron de mi mente,
mi labio ya marchito,
se presta sólo al grito,
que arranca la aflicción.
Cual cándida avecilla
que el melodioso canto
suspende con espanto
atroz detonación;
tu muerte me anonada,
mi labio ya marchito,
se presta sólo al grito,
que arranca la aflicción.
Continuar leyendo...
