¡Hostia inmaculada, divino Jesús!
Ahí en ese altar os ofrecéis a vuestro Padre,
como cuando tierno niño fuisteis
presentado en el templo por María y José.
Ahora, como entonces,
vuestro sublime sacrificio
es ignorado de los mundanos,
quienes ni piensan siquiera
en agradeceros tanto amor.
¡Oh! si pudiera yo apropiarme
los tiernos afectos del venerable Simeón,
cuando estrechándoos en sus brazos exclamaba:













