Inocente cordero ensangrentado
que salvaste a los míseros mortales
permíteme levante acongojado,
mi voz humilde en cantos funerales.
Tú que fuiste ¡oh Señor! martirizado
para librar de los eternos males
a las almas de tantos pecadores,
oye mi voz Señor de los señores.
Manso, purísimo, celestial cordero,
que bebiendo en la copa de amargura
te dejaste clavar en vil madero
para legarnos la eternal ventura.
Padre amado, Señor del mundo entero,
que cubierto de gloria y de hermosura
moriste por salvarnos del pecado,
oye mi voz, mi acento apesarado.

