Dulcísimo Jesús mío,
cuya caridad derramada sobre los hombres
se paga tan ingratamente con el olvido,
el desdén y el desprecio,
mírame aquí postrado ante tu Altar.
Me gustaría ayudar a reparar con mis plegarias
la frialdad y las injurias
con las que es herido por los hombres
tu amoroso Corazón.
Recordando, sin embargo,
que también yo, te he ofendido tantas veces
y sintiendo ahora un vivo dolor,
imploro tu misericordia,
dispuesto a reparar no sólo los pecados
que cometí en el pasado,
sino también los de aquellos que,
perdidos y alejados del camino de la salud,
rehúsan seguirte como pastor y guía,
obstinándose en su infidelidad,
y pisoteando las promesas del bautismo.
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