¡Oh María siempre Virgen!
augusta Soberana y Reina de los Mártires,
ninguna mente humana puede concebir,
ni lengua humana expresar la inmensidad
del dolor que llenó vuestro Corazón de amargura
y bañó de lágrimas vuestra Faz,
durante la Pasión y Muerte
de vuestro amadísimo Hijo Jesús.
Después de su despedida,
cuando partió de Vos para ir al Sacrificio,
llegó esa amarga noche cuando en espíritu
le contemplasteis sudando sangre en el Huerto,
aprehendido, torturado en mil maneras,
y apresado como un malhechor.
Y cuando vino la mañana,
Vos le visteis conducido de tribunal en tribunal,
igualado a Barrabás,
tomado por loco,
cruelmente azotado
y coronado con agudas espinas.
Vos habeis escuchado
la sentencia de su condenación
y los ecos de las trompetas.
Vos le seguisteis cuando cargó la Cruz
sobre sus hombros lacerados,
cayó al suelo, y recibió
nuevas llagas de sus caídas.
Vos le visteis en esa Calle de la Amargura,
incapaz de veros por los escupitajos,
la sangre y las lágrimas
que cubrían sus divinos Ojos.
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