Que nos alcancéis perdón
de nuestras culpas, os ruego,
Silvestre con vuestro fuego
inflamad mi corazón.
La Divina Providencia
la gran Roma os dio por madre,
porque siendo vos su padre
tuviese más excelencia:
siendo por vuestra presencia
digna de veneración.
Vuestro fiel padre Rufino
cuando os vio mancebo diestro
os entregó por maestro
al presbítero Cirino:
quién os enseñó el camino
de la eterna salvación.
Cual Abrahán en propia casa
recogéis al peregrino
y vuestro celo divino
límites de amor traspasa:
el infiel con Dios se abrasa
por vuestra predicación.
Cuando tanta caridad
del pobre en el pecho ardía,
la pérfida idolatría
quemaba en su ceguedad:
y así mandó su crueldad
llevaros a la prisión.
