A la feliz mansión,
donde moras noche y día,
al divino Corazón,
sé, Mariana, nuestra guía.
Como la blanca azucena,
los jardines donde crece
con sus galas embellece
y de su fragancia llena,
tal de Quito la región
inundaste de alegría.
Al divino Corazón,
sé, Mariana, nuestra guía.
De tu celestial Esposo
el Corazón fue tu estrella;
de allí una viva centella
prendió en tu pecho dichoso,
sí, del nuevo Salomón
el amor te consumía.
Al divino Corazón,
sé, Mariana, nuestra guía.
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