Santo Cristo del consuelo,
en esa cruz enclavado,
los devotos de tu Madre
por tu clemencia rogamos.
Con setenta y dos espinas
vuestras sienes taladraron
delante del Rey Herodes,
después de ser encausado.
Pilatos, no hallando causa,
dijo: «Yo mis manos lavo».
Lo presenta en el balcón,
escupido y azotado,
y responden los sayones,
delante del pueblo ingrato:
"Dadle suelta a Barrabás,
y a Jesús crucificadlo".
Ya lo sacan del Pretorio,
apenas fue sentenciado.
En la calle de Amargura
con su Madre se ha encontrado.
¡Hijo de mi corazón,
mis ojos se han eclipsado,
al verte de la manera
con que caminas, cargado!...
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