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domingo, 23 de abril de 2017

ORACIÓN DE SAN AGUSTÍN PARA LIBERACION DE ODIOS, ANGUSTIAS Y ENEMIGOS

 
¡Oh dulcísimo Jesucristo!, verdadero Dios,
que del seno del Padre omnipotente
fuiste enviado al mundo para expiar los pecados,
redimir a los afligidos, liberar a los cautivos,
congregar a los dispersos,
reconducir a los peregrinos a su patria,
tener misericordia de los contritos de corazón,
y consolar a los dolientes y angustiados:
 
Dignate, oh Señor Jesucristo,
absolver y liberarme a mí, siervo tuyo,
de la aflicción y tribulación en que me encuentro.
 
Tú, Señor, que en cuanto hombre,
recibiste de Dios Padre omnipotente
en custodia al género humano, y por tu piedad,
adquiriste mediante tu crudelísima Pasión
y tu preciosa Sangre el paraíso para nosotros,
e hiciste las paces entre los Ángeles y los hombres:
 
 Tú, Señor Jesucristo,
dígnate establecer y confirmar la concordia
y la paz entre mí y mis enemigos,
mostrar tu gracia sobre mí
e infundir tu misericordia;
y dígnate extinguir y mitigar todo el odio y la ira
que mis enemigos tienen contra mí.
 
Así como borraste la ira y el odio que Esaú
tenía contra su hermano Jacob;
así también, Señor Jesucristo,
extiende sobre tu siervo tu brazo y tu gracia,
y dígnate librarme de todos los que me odian.

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Y tú, ¡oh Señor Jesucristo!,
que liberaste a Abrahán de las manos de los caldeos,
y a su hijo Isaac de la inmolación
en sacrificio por un carnero,
a Jacob de las manos de su hermano Esaú,
y a José de las manos de sus hermanos,
a Noé del diluvio segador
y a Lot de la ciudad sodomita;
a tus siervos Moisés y Aarón,
con el pueblo de Israel,
de las manos de Faraón
y de la esclavitud en Egipto,
al Rey David de las manos de Saúl
y del gigante Goliat,
a Susana del falso crimen y testimonio,
a Judit de las manos de Holofernes,
a Daniel del lago de los leones y a los tres jóvenes
Sidrac, Misac y Abdénago del horno encendido,
a Jonás del vientre del cetáceo,
a la hija de la mujer cananea,
que era atormentada por el diablo,
y a Adán del profundo del sepulcro
con tu preciosísima Sangre,
a Pedro del mar y a Pablo de las cadenas;
dígnate también, dulcísimo Señor Jesucristo,
Hijo del Dios vivo,
librarme de todos mis enemigos,
y correr en mi ayuda, por tu santo beneficio,
por tu santa Encarnación,
por la cual te hiciste hombre
en el seno de la Virgen María,
por tu santa Natividad,
por el hambre, la sed, el frío, los calores,
los trabajos y aflicciones, por los escupitajos,
los golpes, el látigo, los clavos,
la lanza, la corona de espinas,
por la hiel y el vinagre que te dieron a beber,
por la cruelísima muerte en la Cruz,
por las siete palabras que dijiste
pendiendo en la Cruz, a saber:
a Dios Padre omnipotente:

“Perdónalos, porque no saben lo que hacen”.

Dijiste, Señor, al ladrón arrepentido
que colgaba en la cruz:

“De cierto, de cierto te digo que hoy
estarás conmigo en el Paraíso”.

Dijiste, Señor, a tu Padre:
“Eli, Eli, lamma sabactháni?”,
que quiere decir “Dios mío, Dios mío,
¿por qué me has abandonado?”.

Dijiste, Señor, a tu Madre:
“Mujer, he ahí a tu hijo”;
y al discípulo amado “He ahí a tu Madre”;
mostrando el cuidado
que tienes por tus amigos.

Dijiste, Señor: “Tengo sed”;
esto es, que deseas nuestra salvación
y la de las almas santas
que estaban en el seno de Abrahán.

Dijiste, Señor, a tu Padre:
“En tus manos encomiendo mi espíritu”.

Dijiste, Señor:
“Todo está consumado”,
significando que los trabajos y dolores
que por nosotros, miserables,
has padecido, ya terminaron.

Por esto te ruego también,
¡oh Señor Jesucristo, Redentor!,
para que me guardes del enemigo malo,
y de todo peligro presente y futuro.

Defiéndeme por tu descenso a los Infiernos,
por tu santa Resurrección
y las frecuentes consolaciones a tus discípulos,
por tu admirable Ascensión,
por la venida del Espíritu Santo Paráclito,
y por el día tremendo del Juicio,
por todo esto escúchame, Señor.

Y por aquellos beneficios,
y también por todos cuantos me has concedido,
porque me creaste de la nada,
me dirigiste y me condujiste a tu santa fe,
y me proteges contra las tentaciones del diablo, prometiéndome la vida eterna.

Por esto y todo lo demás,
que el ojo no vio,
ni oído alguno escuchó,
ni ascendió el corazón humano,
te ruego, dulcísimo Señor Jesucristo,
para que por tu piedad te dignes librarme
ahora y siempre de todos los peligros
de alma y cuerpo,
y después del curso de esta vida,
te dignes conducirme a Ti,
Dios vivo y verdadero.

Que vives y reinas con Dios Padre
en unidad de Dios Espíritu Santo,
por los siglos de los siglos.

Amén.


 

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