Las Oraciones Más Antiguas, Mágicas, Efectivas y Poderosas

jueves, 22 de marzo de 2018

ORACIÓN AL INOCENTE CORDERO CRUCIFICADO


Inocente cordero ensangrentado
que salvaste a los míseros mortales
permíteme levante acongojado,
mi voz humilde en cantos funerales.

Tú que fuiste ¡oh Señor! martirizado
para librar de los eternos males
a las almas de tantos pecadores,
oye mi voz Señor de los señores.

Manso, purísimo, celestial cordero,
que bebiendo en la copa de amargura
te dejaste clavar en vil madero
para legarnos la eternal ventura.

Padre amado, Señor del mundo entero,
que cubierto de gloria y de hermosura
moriste por salvarnos del pecado,
oye mi voz, mi acento apesarado.
 
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Oye Señor, mi terrenal lamento,
desde la altura de tu eterna gloria,
y déjame que eleve el pensamiento
para cantar tu peregrina historia.

Deja Señor que ahogue el sentimiento
que inspira tu suplicio á mi memoria,
y así con tristes lágrimas bañado
por tu grandeza me veré inspirado.

Tembló la tierra y fúnebre lamento
los ecos lastimados repitieron,
silbó con saña enfurecido el viento
y de sangre los astros se tiñeron.

El bronco trueno con temible acento
por los aires rodó, se estremecieron
los hombres de terror y el mar bravio
sus olas encrespó triste y sombrío.

De la tormenta el eco dominando
se oyó una voz de plañidero acento
que fue en sus alas por doquier llevando,
trémulo y raudo el poderoso viento.

Voz angustiosa, leve, fue cruzando
los espacios anchísimos sin cuento
repitiendo con ecos funerales,
ha muerto el Redentor de los mortales.

Y allí, á los pies del fúnebre madero
por do la sangre de Jesús, corría,
la madre del purísimo cordero
bañada en llanto sin cesar gemía.

«Tú que sabes mi bien lo que te quiero»
la Reina de los ángeles decía,
«tú que ves mi amargura y sufrimiento
dame Señor tu poderoso aliento».

¡Pobre madre! que lágrimas vertiendo
contemplas a Jesús, crucificado
no le llames no, no, triste gimiendo;
¡ya murió por salvarnos del pecado!

Amengua ese dolor que está sufriendo
tu dulce corazón acongojado,
que al que lloras ¡oh madre! sin consuelo
domina el mundo desde el claro cielo.

María, virgen madre, alza tu frente
más pura que blanquísima azucena
circundada de gloria refulgente
y de hermosura y de esperanza llena.

Dulce madre de Dios omnipotente,
refugio del que sufre amarga pena,
enjuga esas tus lágrimas preciosas
que suben a tus ojos presurosas.

Y tú mi Dios, cuyo saber profundo
dirige de los hombres el destino,
muestra tu gloria al anchuroso mundo
y la bondad de tu poder divino.

Rey de los reyes, Padre sin segundo,
que alientas al cansado peregrino,
que va cruzando el mundo entre pesares,
no desoigas mis débiles cantares.

Tú, Señor, que alimentas la esperanza
del mortal infeliz que triste llora,
tú que nos haces ver en lontananza
de goces sin igual fúlgida aurora;
tú cuya mano de bondad alcanza,
al que tu amor y tu justicia implora,
escucha mi cantar sin armonía,
que inspira tu pasión al arpa mía.



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