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sábado, 29 de septiembre de 2018

AL SANTO ÁNGEL CUSTODIO, ORACIÓN


Oh santo Ángel, fiel custodio de mi alma,
 que como si fuerais inmenso,
no solo estáis conmigo,
sino que habláis dentro de mí.
 
Que sois por delegación
lo que Dios es por naturaleza.

Que si Dios es la vida de mi alma,
vos sois mi compañero de habitación y de viaje,
que me seguís día y noche
a donde quiera que vaya.

Que me veis, aunque yo no os vea;
que cuando hablo,
cuándo descanso,
cuando paseo,
cuando me retiro a los lugares más ocultos
estáis a mi lado, recogiendo mis palabras,
observando mis acciones,
y refiriendo cuánto ejecuto
con igual facilidad que lo conocéis:

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¿Cuántas veces he despreciado
vuestra preciosa presencia,
o he pretendido cerrar los ojos del alma
para no veros y correr libremente
en seguimiento de mis pasiones?

¿Cuántas veces os he ofendido
con palabras y acciones desordenadas?

Yo me he sujetado
delante de cualquier persona
a quien trataba con alguna veneración,
he compuesto mi semblante,
he arreglado las acciones,
he moderado la vista;
y si por descuido la he hecho testigo
de alguna cosa que le pudiera
servir de escándalo,
me he lamentado de mi imprudencia,
he mostrado sentimiento
y he suplicado me perdonase;
y delante de vos, en cuya comparación
los mayores príncipes
son gusanos de la tierra,
no he guardado ningún respeto.

Pero perdonad, glorioso Ángel mío,
mi grosería y mi desatención:
interceded con el Señor que os destinó,
para que abra mis ojos,
como los del criado de Eliseo,
y renovando la fe de vuestra presencia
me haga repetir muchas veces:

“El Ángel está presente,
él me observa,
y no olvidará nada de cuanto hago”.

Y con esta justa y saludable consideración
me arregle en todas mis operaciones
a la santa voluntad de Dios.

También os suplico me consigáis
la gracia de:
(solicitar la gracia)
si ha de ser para gloria del mismo Señor
y bien de mi alma.

Oh santo Ángel,
ayo y maestro de mi alma,
¡cuántas luces celestiales derramáis en ella,
para que yo conozca de dónde vengo,
en dónde estoy, y adonde camino!

Mil veces escucho
en el fondo de mi corazón
vuestras palabras,
que son las mismas que decía
el ángel San Gabriel a Daniel:

“Yo he salido del cielo
para enseñarte a despreciar lo terreno
y aborrecer el pecado,
a abrazar la virtud;
y te alumbro, como la estrella
que guió a los Magos,
para que adorando al Salvador,
dejes el camino del pecado,
vuelvas a tu región,
que es la bienaventuranza,
por distinto camino,
que es el de la humildad, de la pureza,
de la paciencia, de la caridad”.

Cuidad de mí y guardadme,
santo ángel mío,
vigilando mis pasos,
guiando mi alma,
abriendo mi corazón
a los designios de Dios,
Padre y Señor mío,
y no me dejéis nunca en el abandono.

Ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Amén.


 

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