Las Oraciones Más Antiguas, Mágicas, Efectivas y Poderosas

viernes, 30 de noviembre de 2018

MILAGROSA ORACIÓN A SANTA GERTRUDIS PARA CONSEGUIR UNA PETICIÓN

 
Oh Gloriosísima Virgen Santa Gertrudis,
amante Esposa de Jesús,
a vos, Reina y Señora,
que así os llamó vuestro Esposo,
concediéndoos el favor
que cualquiera que con devota intención
orase a Su Majestad por medio de Vos,
conseguiría todo el fruto que creyere poder alcanzar
un hombre por la oración de otros.
 
A Vos, a quien ofreció Jesús,
que a quien prometieres algo
de la divina bondad en la tierra,
que lo tendría por bueno en el Cielo.
 
A Vos, a quien dijo Jesús,
erais el Templo y Altar de la Ley vieja,
el que servía para refugio de los delincuentes.
 
A Vos, quien llamó la amable Ester,
cuya hermosura era graciosa a sus divinos ojos,
os invoco, Santa mía, por Protectora y Abogada, representándoos todas las virtudes
que en Vos florecieron,
os suplico pidáis a nuestro Dios y Señor,
que yo os imite en ellas,
y logre por vuestra intercesión
los divinos auxilios que os solicito.

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Amantísima Madre mía,
con toda mi alma os suplico me ayudéis
a pedir a vuestro dulce Esposo Jesús
que consiga en esta plegaria la gracia que pido:
 
(Hacer la petición)
 
Santa mía, si Jesús os franqueó
los Tesoros de su amante Corazón,
para que de ellos sacáseis cuanto quisieres,
y los repartieses a vuestra voluntad;
y Vos, Señora, entrando en él la mano,
la sacasteis llena de un celestial licor
y rociaste con él las almas por quienes rogasteis.
 
Llegad allí, Santa mía,
y sacad el sí de la gracia que voy a pedir:
 
(Volver a hacer la petición) 
 
Así lo espero lo haréis, Santa mía,
y también espero conseguirlo,
mediando vuestra súplica,
pues os tiene ofrecido vuestro Esposo
concederos cuanto Vos pidáis.
 
Pero si no fuere del agrado de Dios
y bien de mi alma el que lo consiga,
alcanzadme de su Majestad
perfecta resignación en su voluntad santísima
y llegado su momento, una felicísima muerte,
para que eternamente en la Gloria te alabe.
 
Amén


Santa Gertrudis, hermana de Santa Matilde, nació de nobles padres en Eisleben en la Alta Sajonia.
 
A la temprana edad de cinco años fue ofrecida a Dios en el monasterio de Rodersdor, de las religiosas de San Benito. Se dió al estudio de la lengua latina, como era costumbre entre las monjas. Aprovechó tanto, que llegó a escribir en latín con elegancia muchos libros. Aprendió también las letras divinas y la doctrina de los ascetas.


 
Aunque estaba adornada de talentos naturales no comunes, y de los más extraordinarios dones de la divina gracia, se tenía por la más vil y despreciable criatura. La Pasión del Redentor y la sagrada Eucaristía eran la materia más ordinaria de sus altísimas contemplaciones, en las cuales vertía copiosas y suaves lágrimas, y se arrobaba con éxtasis de amor divino.
 
Fue elegida abadesa de su monasterio a los treinta años de edad. Un año después, pasó con sus monjas a otro monasterio llamado de Heldes, donde fue ejemplar perfectísimo de todas las virtudes, haciéndose por su humildad sierva de todas.
 
Con las vigilias, ayunos, abstinencias y una constante abnegación de su propia voluntad, venció todas las desordenadas aficiones que podían estorbarla en el perfecto cumplimiento de la voluntad divina.
 
Tenemos un vivo retrato de su alma cándida y santísima, en el compendioso libro que escribió de las Divinas insinuaciones, o comunicaciones y sentimientos de amor de Dios, que es tal vez la obra más provechosa escrita por mujer, comparable con las que escribió Santa Teresa de Jesús. En ella propone la santa piadosísimos ejercicios para renovar los votos bautismales, para convertirse el alma a Dios, para renovar sus espirituales desposorios, y para consagrarse a su Redentor divino por vínculo de amor indisoluble, pidiendo la gracia de morir para sí misma, y ser sepultada en el Señor, de manera de que no haga otro empleo de su vida, que el amar a su divino Esposo, que tanto la ama.
 
Tenía esta santa virgen altísima contemplación, durante la cual con frecuencia se arrobaba en éxtasis seráficos; y hablaba de Cristo y de los misterios de su vida adorable con tanta fuerza de espíritu, y afectuosa devoción, que encendía en amor del Redentor divino a los que la oían.
 
Como el amor divino había sido durante toda su vida el único principio de todas sus obras y afectos, así también fue como el término de ella, pues la enfermedad de que murió no tanto fue dolencia corporal, como enfermedad de amor divino, que desatándola del cuerpo a la edad de setenta años, hizo que volase a su celestial Esposo.  

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